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La ciudad rezuma historia por sus calles y plazas, iglesias y castillos. Está surcada por dos ríos; el Adaja y el Arevalillo, testigos de las huellas que dejaron romanos, visigodos, árabes y cristianos. Sobre todo los árabes. Siguiendo la Ruta del Múdejar, la vista descubre los materiales más utilizados: cal, adobe, ladrillo y teja curva, que se repetirán en toda la comarca. A los árabes se debe, entre otras cosas, el refuerzo de las murallas, la reconstrucción del alcázar –el arco de Alcócer– y el increíble puente que cruza el Arevalillo. Destacan plazas como la de la Villa, castellana auténtica (piedra y madera), la del Arrabal y la del Real, con su templete en medio.
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Iglesias como la de San Martín (múdejar con atrio románico), que llama la atención por sus dos torres gemelas, una de ellas es denominada la de los ajedreces, Sta. María la Mayor, San Nicolás (antiguo colegio de Santiago de la Compañía de Jesús), San Miguel (interesante retablo en el interior dedicado al mismo santo) San Juan, que alberga en su interior una bella tabla de San Zacarías, Sto. Domingo, que guarda una imagen de la patrona (la Virgen de las Angustias), custodiada por una reja plateresca del S. XVI, o la Iglesia del Salvador. La casa de los sexmos y el Palacio de los Sedeños son edificios civiles que conservan la historia y despiertan inevitablemente el interés. Mención especial merece el Castillo, su ubicación lleva a pensar inmediatamente en la estrategia militar. Actualmente encontramos aquí un interesantísimo Museo del Cereal.
No se puede abandonar Arévalo sin visitar, en sus afueras, la Iglesia de la Lugareja, joya del múdejar morañés. Se trata de un antiguo convento cisterciense donde la austeridad cristiana y la sensualidad musulmana se unen en perfecto equilibrio. En Arévalo existe un importante Centro de Interpretación de la Naturaleza en el que se reproducen los habitats de la comarca.
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